TONAL, ATMOSFÉRICA

SOBRENATURAL

 

(Extracto 1) El manantial de la doncella

En El manantial de la doncella (1960) de Ingmar Bergman, las últimas escenas son filmadas con una luz matutina fuerte y fresca que remiten a una regeneración emocional y espiritual tras el arrepentimiento (extracto 1), completamente distinta a la luz nocturna de oscuridad vengativa de hechos precedentes (extracto 2).

La piel suave

En La piel suave (1963) de François Truffaut, el protagonista, un intelectual casado de mediana edad, que se las da de romántico pero que es un frío burgués, muestra a la joven azafata con la que empieza a tener una relación amorosa un piso a punto de ser terminado. El antiséptico blanco del piso es de un mortecino brillante, color recurrente que acabamos asociando con lo vacío e insulso de la vida del protagonista; algo de lo que la azafata parece darse cuenta.


Los comulgantes

En Los comulgantes (1963) de Ingmar Bergman, de no ser por el uso constante de la luz natural auténtica y verdadera, la crisis espiritual que acucia a los protagonistas sería difícilmente creíble. Pero hay un plano enigmático que empieza en la cara del pastor, Thomas, en la misma penumbra que el de la salida de Jonas de la sacristía antes de suicidarse y a lo que acaba de predisponerle el pastor con unas declaraciones que bien podrían salir del propio Jonas. La cabeza del pastor, con la ventana detrás y a la izquierda, gira hasta casi mirar a la cámara; su mirada se pierde en el infinito; por la ventana irrumpe la luz de un sol invernal sin intensificar su rostro a pesar de la proximidad; la cámara, en lento travelling se acerca a su rostro y recoge antes de alejarse las palabras del pastor, “Dios mío, por qué me has abandonado”. La luz intensa a través de los  barrotes ciega su cara antes de girarla y quedar de espaldas. El efecto lumínico con las palabras bíblicas puede interpretarse en sentido irónico como símbolo de una cegadora “iluminación” que intuimos terrible.


(Extracto 2) El manantial de la doncella

Ocho y medio

En Ocho y medio (1963) de Federico Fellini, la exageración de la luminosidad de la secuencia inicial no sólo subraya el sueño y la fantasía sino que también satiriza el deseo del protagonista de huir del mundo personal al que teme enfrentarse.